Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

Dolor y sufrimiento

 “Todo sufrimiento emocional proviene de una mente no observada”, decía un maestro de meditación. Es una afirmación llena de sabiduría. Porque una cosa es el dolor, que constituye un ingrediente inevitable de la existencia humana, y otra, bien diferente, el sufrimiento.

    El dolor duele, pero no hace daño. Y –en contra de lo que puede predicar una cultura que lo teme y, por eso, trata de camuflarlo- es bueno que duela. Porque ése es el modo del que dispone nuestro organismo psíquico-corporal para evacuarlo. Cuando algo nos duele, la actitud sana es dejar que duela, limpiamente, bien “pegados” a nuestro cuerpo. Al hacer así, el dolor se va liberando, en lugar de quedar enquistado. Por eso, es verdad que dolor sentido, dolor curado.

             No hay que tener miedo al dolor; basta que lo dejemos doler. Así se cura. Cuando lo reprimimos o lo escondemos, cuando queremos escapar de él, no hacemos el duelo, y el dolor se enquista, envenenando literalmente nuestra vida, nuestra mente y nuestro propio cuerpo, que somatizará el dolor no aceptado ni sentido. Creo que puede afirmarse que todo sentimiento doloroso no aceptado ni verbalizado tiende a convertirse en un “nudo” en algún lugar de nuestro cuerpo.

            Aceptar el dolor y dejárselo sentir no es caer en el dolorismo. El dolorismo consiste en la valoración del dolor por el dolor. Como si el hecho de sufrir fuera por sí mismo meritorio. Hay que reconocer que cierta lectura del cristianismo, unida a determinadas corrientes puritanas, propició una interpretación dolorista de la cruz de Jesús, que se vulgarizó en planteamientos de este tipo: el dolor es bueno, el placer es malo. Una tal interpretación ha sido dañina para las personas y ha tergiversado el mensaje del evangelio, propiciando imágenes perversas de Dios.

            No; el dolor no es bueno, ni es algo que se deba buscar. Pero, sin ser bueno, puede ayudarnos a crecer como pocas cosas podrían hacerlo. Por la sencilla razón de que el dolor posee una “llave” que abre puertas que conducen a espacios interiores, a los que de otro modo no entraríamos jamás. Y sin embargo, al vernos obligados a entrar, los descubrimos llenos de riqueza que nos humaniza en profundidad.

            Para evitar riesgos en una cuestión tan sutil y con frecuencia malinterpretada, hay que distinguir tres tipos de dolor, cada uno de los cuales requiere una respuesta diferente. Es lo que trata de expresar el siguiente esquema.

Dolor evitable Luchar contra él
Dolor inevitable Aceptarlo y dejárselo sentir
Dolor, consecuencia de una opción de amor a los otros Asumirlo desde la opción

            Hay un dolor que se puede evitar. Sea en nosotros mismos o sea en los demás, la actitud sana requiere luchar contra él, evitando la trampa de cualquier resignación fatalista.

            Sin embargo, la lucha no sirve de nada cuando el dolor es absolutamente inevitable (por ejemplo, cuando se trata de una “pérdida” de cualquier tipo, que ya ha ocurrido). Aquí la lucha no sólo no tiene sentido, sino que se convierte en obstinación terca que niega la realidad. Y sabemos bien que siempre que negamos la realidad acabamos pagando graves consecuencias. Aquí es cuando el dolor se enquista y nos envenena.

            Pero existe un tercer tipo de dolor: aquél que, sin ser buscado en sí mismo, es consecuencia de una determinada opción. Lo que se busca aquí no es sufrir, sino amar. O ser fiel a la propia misión. Desde quienes deciden tener un hijo hasta quien se compromete con los más pobres; quien se entrega fielmente a su vocación o quien quiere vivir para ayudar o hacer felices a los demás… El dolor aparecerá en formas diversas: olvido de sí por servir a otros, cansancio, consecuencias negativas no buscadas de ese compromiso, incomprensión, ingratitud, rechazo, oposición…

[…]

Cuando llega ese dolor, la respuesta adecuada es la de asumirlo. Eso significa también aceptarlo y dejárselo sentir con limpieza. Y asumirlo desde aquella opción de la que se ha derivado. Porque es en ella donde podremos hacer pie, ya que esa opción ha nacido de lo mejor de nosotros mismos: de nuestro amor. Por eso, podremos vivir constructivamente el dolor si nos apoyamos en el amor o la fidelidad que hay en su origen.

[…]

Pero, ¿qué ocurre con el sufrimiento? Sé bien que el lenguaje es relativo y las palabras pueden encerrar significados diferentes. Pero permitidme que use aquí el término “sufrimiento” como contrapuesto a “dolor”.

            Si “dolor” hace referencia a una sensación limpia, localizada en el cuerpo, “sufrimiento” se refiere, más bien, a una sensación difusa, más o menos generalizada, que tiende a “ocupar” a toda la persona, encerrándola en una nube de malestar opaco y reduciéndola al mismo. Así entendido, el sufrimiento es siempre nefasto. 

            ¿Qué ha pasado para que el dolor se convierta en sufrimiento? Que en lugar de sentir el dolor directamente, hemos huido –consciente o inconscientemente- de él, y nos hemos ido a nuestra mente. Mejor dicho, nuestra mente ha tomado las riendas y ha entrado en funcionamientos destructivos, que se terminarán revelando más dañinos que el dolor primero, del que buscaba escapar.

            Esos funcionamientos destructivos son variados: cavilación, rumiación, dramatización, negación del problema, huida, alejamiento de sí, culpabilización de los otros, justificación, autocompasión o victimismo, autoculpabilización, rechazo de sí, reducción al problema, hundimiento…  Pero todos ellos tienen en común la no-aceptación de la realidad. Y todos ellos sin excepción son destructivos: porque negar la realidad nos fractura y puede terminar rompiéndonos.

[…]

¿Qué se requiere, a partir de esta situación, para no sufrir inútilmente, y no hacer sufrir a otros ni añadir sufrimiento a nuestro mundo? Se necesitará un trabajo simultáneo a un doble nivel, en respuesta a la doble consecuencia generada.

  • Un trabajo psicológico-terapéutico para reeducar el funcionamiento mental, gracias al cual, la mente, abandonando su protagonismo y ocupando el lugar adecuado que le corresponde en el conjunto de la persona, funcione del modo más ajustado posible.
  • Un trabajo meditativo, como aprendizaje y adiestramiento para vivir más y más constantemente en presente. En el presente no hay sufrimiento (aunque haya dolor); tampoco hay diferenciación. Así como vivir fuera del presente es sinónimo de sufrir –porque equivale a mantenernos en la ignorancia de quienes somos-, el Presente es plenitud: conciencia, libertad, dicha, comunión, unidad.

Enrique Martínez Lozano

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