Posteado por: ere101 | abril 8, 2017

Más trascendencia atea

A principios de febrero escribí una entrada donde quería contar cómo concebía y por qué un ateo como yo la espiritualidad y la trascendencia. Pero antes de desarrollar la idea, quise contextualizarla  y se me alargaba demasiado la entrada. Ahora retomo el meollo del asunto.

Con una amiga mía, de vez en cuando, tengo interesantes debates sobre espiritualidad. Ella sostiene que el ser humano en esencia es bondadoso, tiende naturalmente al bien. Y el mal se explica por ignorancia, fruto de las experiencias vitales vividas. Hay diversas corrientes filosóficas y psicológicas que sostienen esta idea de la naturaleza bondadosa del ser humano.

Yo discrepo de esta concepción. Creo que el ser humano por naturaleza es un animal orientado por instintos hacia la supervivencia, tanto individual, como de la especie. Como cualquier otro ser vivo. Los instintos son tendencias de comportamiento, que responden a estímulos del entorno, y como digo su función básica es la supervivencia.

La empatía, cooperar con otro ser humano, son instintos que están programados en nuestra biología, como lo están también el egoísmo o la agresividad. Toda la gama de conductas que pueda desarrollar el ser humano para sobrevivir están grabadas en nuestros genes. Forman parte de nuestra naturaleza. Así, colaborar con otros para cazar un ciervo es tan instintivo, tan natural, como darle con un palo en la cabeza a otro ser humano para robarle su comida. Son comportamientos posibles, que responden a nuestro instinto de supervivencia y será el resultado final el que indique que comportamiento es más adecuado en cada situación, esto es, qué respuesta es la mejor, la más adaptativa, para cada estímulo.

Pero en el proceso de la evolución humana, hubo una revolución cognitiva, que propició que el ser humano fuera capaz de frenar el mecanismo de estímulo y reacción instintiva. Que fuera capaz de pensar en las consecuencias, y pudiera establecer una pausa entre el estímulo y su respuesta, es decir, pudiera elegir su respuesta. Y esto lo cambió todo.

Podía seguir el impulso del instinto, que era lo más fácil, pero también podía parar, pensar en consecuencias, y pensar en una alternativa mejor, realizando otro comportamiento. Rompió la tiranía de los instintos. Pero ojo, los instintos seguían ahí y siempre seguirán ahí, además son muy, muy poderosos.

¿ Qué tiene que ver todo esto con la espiritualidad  y la trascendencia?

Que el ser humano puede elegir su comportamiento. Puede seguir sus instintos y reaccionar bajo su influencia ante cada situación o puede elegir una gama determinada de comportamientos. Puede elegir cooperar con otros seres humanos, ser amable, ser empático, etc., renunciando a una gama de comportamientos como la violencia, la venganza, el odio. etc. Las dos opciones son igual de naturales porque están en nuestra naturaleza, nuestra biología las permite.

¿ Por qué habría de elegir escoger una gama más limitada de comportamientos renunciando a otros, que no dejan de ser respuestas adaptativas que favorecen la supervivencia?

Yo creo que esta pregunta no tiene una respuesta definitiva ni absoluta. Por eso me considero ateo. Creo que cada persona tiene que dar su respuesta.

A plantearse esta pregunta y buscarle una respuesta personal es a lo que llamo espiritualidad. Es decir, preguntarse qué es para mí la vida y cómo quiero vivir mi vida.

Yo tengo mi respuesta, al menos a día de hoy. Que tiene que ver con que ni siquiera la vida es un absoluto, es decir, creo que hay vidas que merecen más la pena ser vividas que otras. Me refiero a una vida plena en vez de una vida basada solo en la supervivencia. Por una vida plena quiero decir una vida consciente, una vida elegida en todo lo que puedo elegir.

Mi experiencia vital me dice que todos los comportamientos tienen consecuencias, algunas producen placer, satisfacciones, otras dolor y sufrimiento. Cuando he sido más consciente de lo que estaba viviendo, cuando me abría a lo que me rodeaba, cuando era menos egocéntrico y menos egoísta, cuando trataba de relacionarme  con el otro considerándole tan valioso como yo mismo,  entonces mi satisfacción era mayor que cuando me creía el ombligo del mundo, que cuando me dejaba llevar por la ira y el resentimiento, que cuando calculaba qué podía sacar de una relación.

Entonces si ya sé lo que me hace vivir una vida plena ¿por qué tantas veces no lo hago? Porque los instintos son muy poderosos. Por muy racionales que nos creamos, nuestra parte instintiva siempre está ahí. Cuando hablo de una vida elegida, no quiero decir, que se toma la decisión de vivir según unos principios y  ya está. Tienes que elegir en cada situación que te presenta la vida, en el día a día.  Hay que desarrollar esa lucha interna, toda la vida. Creo que los instintos no se pueden reprimir ni negar, no es sano. Es necesario trascenderlos, esto es,  transformarlos, para que nos ayuden a vivir los valores que queremos vivir.  Nuestra parte instintiva puede ser una fuente de aprendizaje vital y de energía para la conducta que elegimos. Por ejemplo la violencia puede ser destructiva, pero la ira, si sabemos encauzarla,  nos puede dar la energía para mantenernos firmes cuando defendemos nuestros derechos y practicar una actitud asertiva. Este es el trabajo con nuestra sombra del que hablaba Jung o como dicen en terapia gestalt la aceptación de la totalidad que somos.

Esto es para mí la trascendencia, ir más allá de nuestra naturaleza, de la biología que somos, para elegir quién y cómo queremos ser, dentro de nuestras posibilidades y límites. Y esa exploración de los límites y capacidades, para mí, forma parte de una vida plena.

Cuando sólo tenemos una vida finita, el cómo la vivimos lo es todo.

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