Posteado por: ere101 | noviembre 2, 2014

Valor y precio

Todo necio confunde valor y precio
Antonio Machado

Con su valor reducido a precio, una mercancía es vista simplemente como un objeto aislado cuyo valor es una cantidad fija, abstracta, en lugar de algo cuyo valor tendría que ser determinado en función de sus calidades relacionales y de cómo afecta (y a la vez es afectada/reproducida) por un todo social y ecológico más amplio. Esta noción abstracta y objetivada del valor como precio permite comparar e igualar todo, a la vez que, desacralizadas, las cosas se ponen a libre disposición para ser explotadas por el capital.

En las culturas no modernas, el valor de las cosas estaba dado según una ética específica a cada grupo, en función de las relaciones que esta cosa establecía con el medio, con el ser humano y con las fuerzas transcendentales, los dioses, espíritus y energías que se veían como partes integrantes de la realidad. Ciertas cosas tenían un valor sagrado y tenían que ser cuidadas según reglas específicas y estrictas. Otras podían ser explotadas según determinados parámetros, respetando determinadas proporciones y limites. La tierra no era algo que se pudiera comprar y vender sin más, sino la morada de los espíritus, de los ser humanos y de los demás seres vivos, el legado recibido de los antepasados, custodiado por las generaciones presentes y dejado para las generaciones venideras. Los animales de caza, por ejemplo, no eran objetos cuya explotación
estaba reglada por las fluctuaciones de los valores de mercado, de la diferencia entre el coste de ‘producción’ y el precio de venta, sino seres con un valor muy específico. Eran necesarios largos rituales preparatorios para asegurar la ‘bondad’ de la caza, a la vez que éstos inspiraban en los participantes la forma y los límites que deberían respetar en su cacería (hoy día diríamos ‘para que respetaran los límites ecológicos necesarios para asegurar la sostenibilidad del sistema’).

Ya con el valor reducido a precio, la tierra puede ser comprada, vendida, transformada y explotada respetando apenas los parámetros dados por la lógica de rentabilidad del capital que impone la competencia de mercado a los distintos actores económicos y sociales. La pesca puede ser diezmada y las especies pueden ser extinguidas mientras sea rentable hacerlo, es decir, mientras el precio de venta supere el coste de su captura. Además, con las cosas reducidas a mercancías, también en el lado del consumo la ética de las proporciones deja de ser aplicada. No se consumen las cosas según su contribución para el bienestar de la colectividad (humana y no humana), sino según el derecho de aquél que tiene el dinero para adquirirlas. Se olvida que un
litro de combustible consumido para llevar un enfermo de urgencias no es lo mismo que un litro de combustible consumido para llevar un millonario en su jet privado para que llegase antes a su destino, o para impulsar los bólidos de fórmula uno. Se olvida que, éticamente, no es lo mismo consumir las cosas por enfado, aburrimiento o simple exceso, que consumirlas por necesidad de supervivencia o para aumentar la riqueza del sistema como un todo.

Andri Stahel

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