Posteado por: ere101 | mayo 9, 2017

Una gota de agua sucia

 Buda, en su sermón famoso sobre las “cuatro verdades” resumió su enseñanza del modo siguiente: todo está lleno de sufrimiento; en la causa del sufrimiento está el deseo desorientado y ciego; hay una salida y liberación: apagar el fuego del deseo mal orientado; para ello hay que seguir un camino de salir de sí, de lucidez y de compasión.

Cuando estas cuatro verdades se comprenden en toda su profundidad, encontramos en ellas una intuición muy valiosa acerca del paso desde el “yo engañado” al “yo despierto” y desde éste al “yo liberado de sí mismo”. Veamos un poco más despacio cada una de las cuatro verdades.

 En primer lugar, estamos engañados cuando pasamos por la vida sin caer en la cuenta del hecho inevitable del dolor y el sufrimiento. No es pesimismo ni morbosidad el mirar cara a cara el lado más oscuro de la vida. Es lucidez y desengaño.

 En segundo lugar, todo el mal y sufrimiento del mundo conecta de algún modo, por las raíces, con causas de mal que yo llevo dentro de mí mismo. Oigo por la radio la noticia de un asesinato. Tiendo a pensar que yo nunca sería capaz de cometer algo tan horroroso. Es que no me he percatado aún de que yo también soy capaz de lo peor. Me estaba engañando a mí mismo al creerme mejor de lo que soy. Me engaño siempre que me autojustifico. El abrirme a esta segunda verdad me hace pasar del “yo engañado” al “yo lúcido y despierto”, que se reconoce capaz de lo peor, porque mira el lado de sombra que hay dentro de mí mismo.

 Pero si me quedo ahí, aún no he profundizado suficientemente. Si cuando estaba engañado no reconocía mi fondo negativo y me creía mejor de lo que soy, ahora que lo he reconocido tengo el peligro de desanimarme o desesperarme por ello, creyéndome peor de lo que soy y, por tanto, incapacitándome para perdonarme a mí mismo. Si en el primer caso no percibía la necesidad de perdón, en el segundo tengo el peligro de no perdonarme a mí mismo. Hay que dar un paso más.

 La tercera verdad es la que nos ayuda a dar el paso a un optimismo que no es nada superficial. Si dentro de mí hay raíces de mal, también dentro de mí está la posibilidad de superarlo. No sólo soy peor de lo que me creo cuando me autojustifico; ese era el paso de la primera verdad a la segunda también soy mejor de lo que me creo cuando me autocondeno; ése es el paso de la segunda verdad a la tercera.

 Pero esto no ocurre de la noche a la mañana, es un camino largo, como ocurre con todas las terapias. Esta es la cuarta verdad, que me invita a proseguir ese camino de terapia, lucidez y compasión para consigo y para con los demás.

 La tradición budista ha sabido poner estas realidades en ejemplos muy concretos. Eres, nos dicen, como una gota de agua sucia, pero puedes reflejar la luna. Mientras te crees gota de agua transparente, te engañas. Pero si te desanimas o desesperas por verte como gota de agua sucia, no descubres que puedes reflejar la luna. La luna entera cabe toda ella en una gota de agua, tanto en la limpia como en la sucia.

 Aprendiendo de este modo la verdad sobre uno mismo, se aprende a perdonarse a sí mismo saliendo de sí. Me creo que soy estanque o espejo de agua cristalina, y por eso, me engaño: no soy así, soy peor de lo que me creo en esos momentos de autojustificación. Paso a mirar dentro de mí mismo y me percato de que no soy estanque puro, sino charca cenagosa. Es que aún no he llegado a la verdad sobre mí mismo. Tampoco soy tan malo como cuando me autocondeno exageradamente, sin ser capaz de aceptarme a mí mismo.

 Si me quedo solamente en verme como charco de agua sucia, nunca descubriré que hasta ese charco puede reflejar la luna. Y si no lo descubro en mí, mucho menos en los demás. Tampoco seré capaz de perdonar a otros, porque no me perdono a mí mismo. No seré capaz de compasión, porque ni siguiera me compadezco de mí mismo. Mi ilusión de ser estanque no me ha dejado percibir el aspecto cenagoso de mi realidad. Pero mi obsesión con la suciedad del propio charco no me ha permitido descubrir la posibilidad de reflejar la luna.

 Soy peor de lo que me creo cuando me engaño con el espejismo del yo superficial. Soy mejor de lo que me creo cuando no llego al fondo de lo mejor de mí mismo y me detengo en el yo culpable, sin llegar al yo que sale de sí y se deja liberar.

Fragmento de “Aprender a perdonarse a sí mismo y dejarse perdonar”  Juan Masiá

Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

Dolor y sufrimiento

 “Todo sufrimiento emocional proviene de una mente no observada”, decía un maestro de meditación. Es una afirmación llena de sabiduría. Porque una cosa es el dolor, que constituye un ingrediente inevitable de la existencia humana, y otra, bien diferente, el sufrimiento.

    El dolor duele, pero no hace daño. Y –en contra de lo que puede predicar una cultura que lo teme y, por eso, trata de camuflarlo- es bueno que duela. Porque ése es el modo del que dispone nuestro organismo psíquico-corporal para evacuarlo. Cuando algo nos duele, la actitud sana es dejar que duela, limpiamente, bien “pegados” a nuestro cuerpo. Al hacer así, el dolor se va liberando, en lugar de quedar enquistado. Por eso, es verdad que dolor sentido, dolor curado.

             No hay que tener miedo al dolor; basta que lo dejemos doler. Así se cura. Cuando lo reprimimos o lo escondemos, cuando queremos escapar de él, no hacemos el duelo, y el dolor se enquista, envenenando literalmente nuestra vida, nuestra mente y nuestro propio cuerpo, que somatizará el dolor no aceptado ni sentido. Creo que puede afirmarse que todo sentimiento doloroso no aceptado ni verbalizado tiende a convertirse en un “nudo” en algún lugar de nuestro cuerpo.

            Aceptar el dolor y dejárselo sentir no es caer en el dolorismo. El dolorismo consiste en la valoración del dolor por el dolor. Como si el hecho de sufrir fuera por sí mismo meritorio. Hay que reconocer que cierta lectura del cristianismo, unida a determinadas corrientes puritanas, propició una interpretación dolorista de la cruz de Jesús, que se vulgarizó en planteamientos de este tipo: el dolor es bueno, el placer es malo. Una tal interpretación ha sido dañina para las personas y ha tergiversado el mensaje del evangelio, propiciando imágenes perversas de Dios.

            No; el dolor no es bueno, ni es algo que se deba buscar. Pero, sin ser bueno, puede ayudarnos a crecer como pocas cosas podrían hacerlo. Por la sencilla razón de que el dolor posee una “llave” que abre puertas que conducen a espacios interiores, a los que de otro modo no entraríamos jamás. Y sin embargo, al vernos obligados a entrar, los descubrimos llenos de riqueza que nos humaniza en profundidad.

            Para evitar riesgos en una cuestión tan sutil y con frecuencia malinterpretada, hay que distinguir tres tipos de dolor, cada uno de los cuales requiere una respuesta diferente. Es lo que trata de expresar el siguiente esquema.

Dolor evitable Luchar contra él
Dolor inevitable Aceptarlo y dejárselo sentir
Dolor, consecuencia de una opción de amor a los otros Asumirlo desde la opción

            Hay un dolor que se puede evitar. Sea en nosotros mismos o sea en los demás, la actitud sana requiere luchar contra él, evitando la trampa de cualquier resignación fatalista.

            Sin embargo, la lucha no sirve de nada cuando el dolor es absolutamente inevitable (por ejemplo, cuando se trata de una “pérdida” de cualquier tipo, que ya ha ocurrido). Aquí la lucha no sólo no tiene sentido, sino que se convierte en obstinación terca que niega la realidad. Y sabemos bien que siempre que negamos la realidad acabamos pagando graves consecuencias. Aquí es cuando el dolor se enquista y nos envenena.

            Pero existe un tercer tipo de dolor: aquél que, sin ser buscado en sí mismo, es consecuencia de una determinada opción. Lo que se busca aquí no es sufrir, sino amar. O ser fiel a la propia misión. Desde quienes deciden tener un hijo hasta quien se compromete con los más pobres; quien se entrega fielmente a su vocación o quien quiere vivir para ayudar o hacer felices a los demás… El dolor aparecerá en formas diversas: olvido de sí por servir a otros, cansancio, consecuencias negativas no buscadas de ese compromiso, incomprensión, ingratitud, rechazo, oposición…

[…]

Cuando llega ese dolor, la respuesta adecuada es la de asumirlo. Eso significa también aceptarlo y dejárselo sentir con limpieza. Y asumirlo desde aquella opción de la que se ha derivado. Porque es en ella donde podremos hacer pie, ya que esa opción ha nacido de lo mejor de nosotros mismos: de nuestro amor. Por eso, podremos vivir constructivamente el dolor si nos apoyamos en el amor o la fidelidad que hay en su origen.

[…]

Pero, ¿qué ocurre con el sufrimiento? Sé bien que el lenguaje es relativo y las palabras pueden encerrar significados diferentes. Pero permitidme que use aquí el término “sufrimiento” como contrapuesto a “dolor”.

            Si “dolor” hace referencia a una sensación limpia, localizada en el cuerpo, “sufrimiento” se refiere, más bien, a una sensación difusa, más o menos generalizada, que tiende a “ocupar” a toda la persona, encerrándola en una nube de malestar opaco y reduciéndola al mismo. Así entendido, el sufrimiento es siempre nefasto. 

            ¿Qué ha pasado para que el dolor se convierta en sufrimiento? Que en lugar de sentir el dolor directamente, hemos huido –consciente o inconscientemente- de él, y nos hemos ido a nuestra mente. Mejor dicho, nuestra mente ha tomado las riendas y ha entrado en funcionamientos destructivos, que se terminarán revelando más dañinos que el dolor primero, del que buscaba escapar.

            Esos funcionamientos destructivos son variados: cavilación, rumiación, dramatización, negación del problema, huida, alejamiento de sí, culpabilización de los otros, justificación, autocompasión o victimismo, autoculpabilización, rechazo de sí, reducción al problema, hundimiento…  Pero todos ellos tienen en común la no-aceptación de la realidad. Y todos ellos sin excepción son destructivos: porque negar la realidad nos fractura y puede terminar rompiéndonos.

[…]

¿Qué se requiere, a partir de esta situación, para no sufrir inútilmente, y no hacer sufrir a otros ni añadir sufrimiento a nuestro mundo? Se necesitará un trabajo simultáneo a un doble nivel, en respuesta a la doble consecuencia generada.

  • Un trabajo psicológico-terapéutico para reeducar el funcionamiento mental, gracias al cual, la mente, abandonando su protagonismo y ocupando el lugar adecuado que le corresponde en el conjunto de la persona, funcione del modo más ajustado posible.
  • Un trabajo meditativo, como aprendizaje y adiestramiento para vivir más y más constantemente en presente. En el presente no hay sufrimiento (aunque haya dolor); tampoco hay diferenciación. Así como vivir fuera del presente es sinónimo de sufrir –porque equivale a mantenernos en la ignorancia de quienes somos-, el Presente es plenitud: conciencia, libertad, dicha, comunión, unidad.

Enrique Martínez Lozano

Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

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Rumi

Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

Hacernos personas

Ser persona es hacerse persona. Somos en cuanto que nos hacemos, por eso la evolución de la especie no es sólo el resultado de influencias ambientales, genéticas, históricas y culturales sino, también consecuencia de la voluntad de acción de todas y cada una de las personas que han habitado este planeta. Somos hijos de nuestro pasado pero, a la vez, padres de nuestro futuro. Es cierto que la raza humana ha recorrido un largo camino que nos ha conducido de las cavernas a las ciudades, pero más cierto es aún que el punto de llegada es manifiestamente mejorable

Antonio Bolinches

Posteado por: ere101 | mayo 7, 2017

La auténtica revolución

Lo que pretende una auténtica revolución es transformar la realidad que propicia un estado de cosas que se caracteriza por mantenter a los hombres en una condición deshumanizante
Paulo Freire
Posteado por: ere101 | mayo 2, 2017

Grande, muy grande

Este video de Nuno Dias muestra unas imágenes de una belleza sin igual. Grabado en Nazaré, población de Portugal. Si esto no nos inspira humildad…. Grande 

Posteado por: ere101 | abril 16, 2017

Pavos

He pasado la tarde en el parque de El Retiro. Hace poco me quedé con las ganas de fotografiar a los pavos reales, y hoy me he pasado por los jardines de Cecilio Rodríguez para verlos en todo su esplendor…

 

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Posteado por: ere101 | abril 8, 2017

Más trascendencia atea

A principios de febrero escribí una entrada donde quería contar cómo concebía y por qué un ateo como yo la espiritualidad y la trascendencia. Pero antes de desarrollar la idea, quise contextualizarla  y se me alargaba demasiado la entrada. Ahora retomo el meollo del asunto.

Con una amiga mía, de vez en cuando, tengo interesantes debates sobre espiritualidad. Ella sostiene que el ser humano en esencia es bondadoso, tiende naturalmente al bien. Y el mal se explica por ignorancia, fruto de las experiencias vitales vividas. Hay diversas corrientes filosóficas y psicológicas que sostienen esta idea de la naturaleza bondadosa del ser humano.

Yo discrepo de esta concepción. Creo que el ser humano por naturaleza es un animal orientado por instintos hacia la supervivencia, tanto individual, como de la especie. Como cualquier otro ser vivo. Los instintos son tendencias de comportamiento, que responden a estímulos del entorno, y como digo su función básica es la supervivencia.

La empatía, cooperar con otro ser humano, son instintos que están programados en nuestra biología, como lo están también el egoísmo o la agresividad. Toda la gama de conductas que pueda desarrollar el ser humano para sobrevivir están grabadas en nuestros genes. Forman parte de nuestra naturaleza. Así, colaborar con otros para cazar un ciervo es tan instintivo, tan natural, como darle con un palo en la cabeza a otro ser humano para robarle su comida. Son comportamientos posibles, que responden a nuestro instinto de supervivencia y será el resultado final el que indique que comportamiento es más adecuado en cada situación, esto es, qué respuesta es la mejor, la más adaptativa, para cada estímulo.

Pero en el proceso de la evolución humana, hubo una revolución cognitiva, que propició que el ser humano fuera capaz de frenar el mecanismo de estímulo y reacción instintiva. Que fuera capaz de pensar en las consecuencias, y pudiera establecer una pausa entre el estímulo y su respuesta, es decir, pudiera elegir su respuesta. Y esto lo cambió todo.

Podía seguir el impulso del instinto, que era lo más fácil, pero también podía parar, pensar en consecuencias, y pensar en una alternativa mejor, realizando otro comportamiento. Rompió la tiranía de los instintos. Pero ojo, los instintos seguían ahí y siempre seguirán ahí, además son muy, muy poderosos.

¿ Qué tiene que ver todo esto con la espiritualidad  y la trascendencia?

Que el ser humano puede elegir su comportamiento. Puede seguir sus instintos y reaccionar bajo su influencia ante cada situación o puede elegir una gama determinada de comportamientos. Puede elegir cooperar con otros seres humanos, ser amable, ser empático, etc., renunciando a una gama de comportamientos como la violencia, la venganza, el odio. etc. Las dos opciones son igual de naturales porque están en nuestra naturaleza, nuestra biología las permite.

¿ Por qué habría de elegir escoger una gama más limitada de comportamientos renunciando a otros, que no dejan de ser respuestas adaptativas que favorecen la supervivencia?

Yo creo que esta pregunta no tiene una respuesta definitiva ni absoluta. Por eso me considero ateo. Creo que cada persona tiene que dar su respuesta.

A plantearse esta pregunta y buscarle una respuesta personal es a lo que llamo espiritualidad. Es decir, preguntarse qué es para mí la vida y cómo quiero vivir mi vida.

Yo tengo mi respuesta, al menos a día de hoy. Que tiene que ver con que ni siquiera la vida es un absoluto, es decir, creo que hay vidas que merecen más la pena ser vividas que otras. Me refiero a una vida plena en vez de una vida basada solo en la supervivencia. Por una vida plena quiero decir una vida consciente, una vida elegida en todo lo que puedo elegir.

Mi experiencia vital me dice que todos los comportamientos tienen consecuencias, algunas producen placer, satisfacciones, otras dolor y sufrimiento. Cuando he sido más consciente de lo que estaba viviendo, cuando me abría a lo que me rodeaba, cuando era menos egocéntrico y menos egoísta, cuando trataba de relacionarme  con el otro considerándole tan valioso como yo mismo,  entonces mi satisfacción era mayor que cuando me creía el ombligo del mundo, que cuando me dejaba llevar por la ira y el resentimiento, que cuando calculaba qué podía sacar de una relación.

Entonces si ya sé lo que me hace vivir una vida plena ¿por qué tantas veces no lo hago? Porque los instintos son muy poderosos. Por muy racionales que nos creamos, nuestra parte instintiva siempre está ahí. Cuando hablo de una vida elegida, no quiero decir, que se toma la decisión de vivir según unos principios y  ya está. Tienes que elegir en cada situación que te presenta la vida, en el día a día.  Hay que desarrollar esa lucha interna, toda la vida. Creo que los instintos no se pueden reprimir ni negar, no es sano. Es necesario trascenderlos, esto es,  transformarlos, para que nos ayuden a vivir los valores que queremos vivir.  Nuestra parte instintiva puede ser una fuente de aprendizaje vital y de energía para la conducta que elegimos. Por ejemplo la violencia puede ser destructiva, pero la ira, si sabemos encauzarla,  nos puede dar la energía para mantenernos firmes cuando defendemos nuestros derechos y practicar una actitud asertiva. Este es el trabajo con nuestra sombra del que hablaba Jung o como dicen en terapia gestalt la aceptación de la totalidad que somos.

Esto es para mí la trascendencia, ir más allá de nuestra naturaleza, de la biología que somos, para elegir quién y cómo queremos ser, dentro de nuestras posibilidades y límites. Y esa exploración de los límites y capacidades, para mí, forma parte de una vida plena.

Cuando sólo tenemos una vida finita, el cómo la vivimos lo es todo.

Posteado por: ere101 | abril 8, 2017

De familias e individuos

Estoy leyendo un libro fascinante, que recomiendo encarecidamente: Sapiens. De animales a dioses.
Es del historiador israelí Yuval Noah Harari. Un libro ameno, muy didáctico y que da mucho que pensar.

Aquí un fragmento:

 Antes de la revolución industrial, la vida cotidiana de la mayoría de los humanos -seguía su curso en el marco de tres antiguas estructuras: la familia nuclear, la familia extendida y la comunidad local íntima. La mayoría de la gente trabajaba en el negocio familiar (la granja familiar o el taller familiar, por ejemplo) o trabajaba en los negocios familiares de sús vecinos. La familia era también el sistema de bienestar, el sistema de salud, el sistema educativo, la industria de la construcción, el gremio comercial, el fondo de pensiones, la compañía de seguros, la radio, la televisión, los periódicos, el banco, e incluso la policía. Cuando una persona enfermaba, la familia cuidaba de ella. Cuando una persona envejecía, la familia la asistía, y sus hijos eran su fondo de pensiones. Cuando una persona moría, la familia se hacía cargo de los huérfanos. Si una persona quería construir una cabaña, la familia echaba una mano. Si una persona quería abrir un negocio, la familia reunía el dinero necesario. Si una persona quería casarse, la familia elegía, o al menos daba el visto bueno, al cónyuge en potencia. Si surgía un conflicto con un vecino, la familia participaba en él. Pero si la enfermedad de una persona era demasiado grave para que la familia la gestionara, o un nuevo negocio implicaba una inversión demasiado grande, o la pelea con el vecino llegaba hasta la violencia, intervenía la comunidad local.

La comunidad ofrecía ayuda sobre la base de tradiciones locales y una economía de favores, que a menudo difería mucho de las leyes de la oferta y la demanda del libre mercado. En una comunidad medieval a la antigua usanza, cuando mi vecino tenía necesidad de ello, yo le ayudaba a construir su cabaña y a guardar sus ovejas, sin esperar a cambio ningún pago. Cuando era yo el que tenía una necesidad, mi vecino me devolvía el favor. Al mismo tiempo, el potentado local podía habernos reclutado a todos los aldeanos para construir su castillo sin que nos pagara un solo penique. A cambio, contábamos con que él nos defendería contra los bandidos y los bárbaros. La vida de la aldea implicaba muchas transacciones pero pocos pagos. Había algunos mercados, desde luego, pero su papel era limitado. En el mercado se podían comprar especias raras, ropa y herramientas, y contratar los servicios de abogados y doctores. Pero menos del 10 por ciento de los productos y servicios que se usaban regularmente se compraban en el mercado. La familia y la comunidad se cuidaban de la mayoría de las necesidades humanas.

Posteado por: ere101 | abril 1, 2017

De finales

Vivir sabiendo decir adiós es comprender la vida

J. F. Moratiel

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