Posteado por: ere101 | junio 6, 2017

Perfección

En este mundo, líbrenos Dios de los perfectos, que generalmente lo único que consiguen es perfeccionar la paciencia del resto

Posteado por: ere101 | junio 3, 2017

Esencia del diálogo

El dialogo denota la intención de ser reconocidos, por lo tanto es la intención de la intención del otro. Esa intención de ser identificado, admitido y reconocido como tal por otro es parte de la intención de sí. Esta reciprocidad de intenciones es el acontecimiento del diálogo
Paul Ricoeur
Posteado por: ere101 | junio 1, 2017

Crecimiento

Es curioso como ideas que has leído y escuchado muchas veces, de repente un día, las lees expresada de una forma concreta y te llegan profundamente.  Algo hace click dentro de tí y esa idea ilumina algún recoveco oscuro de tu ser… Eso me ha pasado con este fragmento del libro Tengo una cita conmigo, de la terapeuta canadiense Micheline Lacasse.

 Tengo que atreverme a confiar en mi potencial en crecimiento. Quien nunca se lance al agua jamás aprenderá a nadar. Dirá “Soy incapaz de nadar”, pero es falso, tiene potencial para nadar; todos los seres humanos normales pueden nadar, del mismo que pueden andar, aunque la tierra firme da más seguridad que las olas. Debería  decir “Tengo todo lo necesario para aprender a nadar, pero mi temor me lo impide”. Ésa es la realidad. No se trata de que carezca de potencial, sino de que el temor me bloquea y me impide tomar decisiones que me permitirían desarrollarlo. Es absolutamente necesario que confíe en mi potencial en crecimiento; de lo contrario, me quedaré en el punto de partida. Lo tendré todo en potencia, pero nada se hará realidad.

Para atreverme a confiar en mi potencial, tengo que concederme el derecho a aprender y, por tanto, el derecho a no saber y, consiguientemente, a equivocarme. La ignorancia y los errores no implican que yo sea incapaz. No sé y me equivoco, pero puedo aprender. Concederme el derecho a aprender me abre la puerta de mi potencial y de lo desconocido, de la novedad. ¡ Eso es crecimiento!

 

Posteado por: ere101 | mayo 9, 2017

Una gota de agua sucia

 Buda, en su sermón famoso sobre las “cuatro verdades” resumió su enseñanza del modo siguiente: todo está lleno de sufrimiento; en la causa del sufrimiento está el deseo desorientado y ciego; hay una salida y liberación: apagar el fuego del deseo mal orientado; para ello hay que seguir un camino de salir de sí, de lucidez y de compasión.

Cuando estas cuatro verdades se comprenden en toda su profundidad, encontramos en ellas una intuición muy valiosa acerca del paso desde el “yo engañado” al “yo despierto” y desde éste al “yo liberado de sí mismo”. Veamos un poco más despacio cada una de las cuatro verdades.

 En primer lugar, estamos engañados cuando pasamos por la vida sin caer en la cuenta del hecho inevitable del dolor y el sufrimiento. No es pesimismo ni morbosidad el mirar cara a cara el lado más oscuro de la vida. Es lucidez y desengaño.

 En segundo lugar, todo el mal y sufrimiento del mundo conecta de algún modo, por las raíces, con causas de mal que yo llevo dentro de mí mismo. Oigo por la radio la noticia de un asesinato. Tiendo a pensar que yo nunca sería capaz de cometer algo tan horroroso. Es que no me he percatado aún de que yo también soy capaz de lo peor. Me estaba engañando a mí mismo al creerme mejor de lo que soy. Me engaño siempre que me autojustifico. El abrirme a esta segunda verdad me hace pasar del “yo engañado” al “yo lúcido y despierto”, que se reconoce capaz de lo peor, porque mira el lado de sombra que hay dentro de mí mismo.

 Pero si me quedo ahí, aún no he profundizado suficientemente. Si cuando estaba engañado no reconocía mi fondo negativo y me creía mejor de lo que soy, ahora que lo he reconocido tengo el peligro de desanimarme o desesperarme por ello, creyéndome peor de lo que soy y, por tanto, incapacitándome para perdonarme a mí mismo. Si en el primer caso no percibía la necesidad de perdón, en el segundo tengo el peligro de no perdonarme a mí mismo. Hay que dar un paso más.

 La tercera verdad es la que nos ayuda a dar el paso a un optimismo que no es nada superficial. Si dentro de mí hay raíces de mal, también dentro de mí está la posibilidad de superarlo. No sólo soy peor de lo que me creo cuando me autojustifico; ese era el paso de la primera verdad a la segunda también soy mejor de lo que me creo cuando me autocondeno; ése es el paso de la segunda verdad a la tercera.

 Pero esto no ocurre de la noche a la mañana, es un camino largo, como ocurre con todas las terapias. Esta es la cuarta verdad, que me invita a proseguir ese camino de terapia, lucidez y compasión para consigo y para con los demás.

 La tradición budista ha sabido poner estas realidades en ejemplos muy concretos. Eres, nos dicen, como una gota de agua sucia, pero puedes reflejar la luna. Mientras te crees gota de agua transparente, te engañas. Pero si te desanimas o desesperas por verte como gota de agua sucia, no descubres que puedes reflejar la luna. La luna entera cabe toda ella en una gota de agua, tanto en la limpia como en la sucia.

 Aprendiendo de este modo la verdad sobre uno mismo, se aprende a perdonarse a sí mismo saliendo de sí. Me creo que soy estanque o espejo de agua cristalina, y por eso, me engaño: no soy así, soy peor de lo que me creo en esos momentos de autojustificación. Paso a mirar dentro de mí mismo y me percato de que no soy estanque puro, sino charca cenagosa. Es que aún no he llegado a la verdad sobre mí mismo. Tampoco soy tan malo como cuando me autocondeno exageradamente, sin ser capaz de aceptarme a mí mismo.

 Si me quedo solamente en verme como charco de agua sucia, nunca descubriré que hasta ese charco puede reflejar la luna. Y si no lo descubro en mí, mucho menos en los demás. Tampoco seré capaz de perdonar a otros, porque no me perdono a mí mismo. No seré capaz de compasión, porque ni siguiera me compadezco de mí mismo. Mi ilusión de ser estanque no me ha dejado percibir el aspecto cenagoso de mi realidad. Pero mi obsesión con la suciedad del propio charco no me ha permitido descubrir la posibilidad de reflejar la luna.

 Soy peor de lo que me creo cuando me engaño con el espejismo del yo superficial. Soy mejor de lo que me creo cuando no llego al fondo de lo mejor de mí mismo y me detengo en el yo culpable, sin llegar al yo que sale de sí y se deja liberar.

Fragmento de “Aprender a perdonarse a sí mismo y dejarse perdonar”  Juan Masiá

Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

Dolor y sufrimiento

 “Todo sufrimiento emocional proviene de una mente no observada”, decía un maestro de meditación. Es una afirmación llena de sabiduría. Porque una cosa es el dolor, que constituye un ingrediente inevitable de la existencia humana, y otra, bien diferente, el sufrimiento.

    El dolor duele, pero no hace daño. Y –en contra de lo que puede predicar una cultura que lo teme y, por eso, trata de camuflarlo- es bueno que duela. Porque ése es el modo del que dispone nuestro organismo psíquico-corporal para evacuarlo. Cuando algo nos duele, la actitud sana es dejar que duela, limpiamente, bien “pegados” a nuestro cuerpo. Al hacer así, el dolor se va liberando, en lugar de quedar enquistado. Por eso, es verdad que dolor sentido, dolor curado.

             No hay que tener miedo al dolor; basta que lo dejemos doler. Así se cura. Cuando lo reprimimos o lo escondemos, cuando queremos escapar de él, no hacemos el duelo, y el dolor se enquista, envenenando literalmente nuestra vida, nuestra mente y nuestro propio cuerpo, que somatizará el dolor no aceptado ni sentido. Creo que puede afirmarse que todo sentimiento doloroso no aceptado ni verbalizado tiende a convertirse en un “nudo” en algún lugar de nuestro cuerpo.

            Aceptar el dolor y dejárselo sentir no es caer en el dolorismo. El dolorismo consiste en la valoración del dolor por el dolor. Como si el hecho de sufrir fuera por sí mismo meritorio. Hay que reconocer que cierta lectura del cristianismo, unida a determinadas corrientes puritanas, propició una interpretación dolorista de la cruz de Jesús, que se vulgarizó en planteamientos de este tipo: el dolor es bueno, el placer es malo. Una tal interpretación ha sido dañina para las personas y ha tergiversado el mensaje del evangelio, propiciando imágenes perversas de Dios.

            No; el dolor no es bueno, ni es algo que se deba buscar. Pero, sin ser bueno, puede ayudarnos a crecer como pocas cosas podrían hacerlo. Por la sencilla razón de que el dolor posee una “llave” que abre puertas que conducen a espacios interiores, a los que de otro modo no entraríamos jamás. Y sin embargo, al vernos obligados a entrar, los descubrimos llenos de riqueza que nos humaniza en profundidad.

            Para evitar riesgos en una cuestión tan sutil y con frecuencia malinterpretada, hay que distinguir tres tipos de dolor, cada uno de los cuales requiere una respuesta diferente. Es lo que trata de expresar el siguiente esquema.

Dolor evitable Luchar contra él
Dolor inevitable Aceptarlo y dejárselo sentir
Dolor, consecuencia de una opción de amor a los otros Asumirlo desde la opción

            Hay un dolor que se puede evitar. Sea en nosotros mismos o sea en los demás, la actitud sana requiere luchar contra él, evitando la trampa de cualquier resignación fatalista.

            Sin embargo, la lucha no sirve de nada cuando el dolor es absolutamente inevitable (por ejemplo, cuando se trata de una “pérdida” de cualquier tipo, que ya ha ocurrido). Aquí la lucha no sólo no tiene sentido, sino que se convierte en obstinación terca que niega la realidad. Y sabemos bien que siempre que negamos la realidad acabamos pagando graves consecuencias. Aquí es cuando el dolor se enquista y nos envenena.

            Pero existe un tercer tipo de dolor: aquél que, sin ser buscado en sí mismo, es consecuencia de una determinada opción. Lo que se busca aquí no es sufrir, sino amar. O ser fiel a la propia misión. Desde quienes deciden tener un hijo hasta quien se compromete con los más pobres; quien se entrega fielmente a su vocación o quien quiere vivir para ayudar o hacer felices a los demás… El dolor aparecerá en formas diversas: olvido de sí por servir a otros, cansancio, consecuencias negativas no buscadas de ese compromiso, incomprensión, ingratitud, rechazo, oposición…

[…]

Cuando llega ese dolor, la respuesta adecuada es la de asumirlo. Eso significa también aceptarlo y dejárselo sentir con limpieza. Y asumirlo desde aquella opción de la que se ha derivado. Porque es en ella donde podremos hacer pie, ya que esa opción ha nacido de lo mejor de nosotros mismos: de nuestro amor. Por eso, podremos vivir constructivamente el dolor si nos apoyamos en el amor o la fidelidad que hay en su origen.

[…]

Pero, ¿qué ocurre con el sufrimiento? Sé bien que el lenguaje es relativo y las palabras pueden encerrar significados diferentes. Pero permitidme que use aquí el término “sufrimiento” como contrapuesto a “dolor”.

            Si “dolor” hace referencia a una sensación limpia, localizada en el cuerpo, “sufrimiento” se refiere, más bien, a una sensación difusa, más o menos generalizada, que tiende a “ocupar” a toda la persona, encerrándola en una nube de malestar opaco y reduciéndola al mismo. Así entendido, el sufrimiento es siempre nefasto. 

            ¿Qué ha pasado para que el dolor se convierta en sufrimiento? Que en lugar de sentir el dolor directamente, hemos huido –consciente o inconscientemente- de él, y nos hemos ido a nuestra mente. Mejor dicho, nuestra mente ha tomado las riendas y ha entrado en funcionamientos destructivos, que se terminarán revelando más dañinos que el dolor primero, del que buscaba escapar.

            Esos funcionamientos destructivos son variados: cavilación, rumiación, dramatización, negación del problema, huida, alejamiento de sí, culpabilización de los otros, justificación, autocompasión o victimismo, autoculpabilización, rechazo de sí, reducción al problema, hundimiento…  Pero todos ellos tienen en común la no-aceptación de la realidad. Y todos ellos sin excepción son destructivos: porque negar la realidad nos fractura y puede terminar rompiéndonos.

[…]

¿Qué se requiere, a partir de esta situación, para no sufrir inútilmente, y no hacer sufrir a otros ni añadir sufrimiento a nuestro mundo? Se necesitará un trabajo simultáneo a un doble nivel, en respuesta a la doble consecuencia generada.

  • Un trabajo psicológico-terapéutico para reeducar el funcionamiento mental, gracias al cual, la mente, abandonando su protagonismo y ocupando el lugar adecuado que le corresponde en el conjunto de la persona, funcione del modo más ajustado posible.
  • Un trabajo meditativo, como aprendizaje y adiestramiento para vivir más y más constantemente en presente. En el presente no hay sufrimiento (aunque haya dolor); tampoco hay diferenciación. Así como vivir fuera del presente es sinónimo de sufrir –porque equivale a mantenernos en la ignorancia de quienes somos-, el Presente es plenitud: conciencia, libertad, dicha, comunión, unidad.

Enrique Martínez Lozano

Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

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Rumi

Posteado por: ere101 | mayo 8, 2017

Hacernos personas

Ser persona es hacerse persona. Somos en cuanto que nos hacemos, por eso la evolución de la especie no es sólo el resultado de influencias ambientales, genéticas, históricas y culturales sino, también consecuencia de la voluntad de acción de todas y cada una de las personas que han habitado este planeta. Somos hijos de nuestro pasado pero, a la vez, padres de nuestro futuro. Es cierto que la raza humana ha recorrido un largo camino que nos ha conducido de las cavernas a las ciudades, pero más cierto es aún que el punto de llegada es manifiestamente mejorable

Antonio Bolinches

Posteado por: ere101 | mayo 7, 2017

La auténtica revolución

Lo que pretende una auténtica revolución es transformar la realidad que propicia un estado de cosas que se caracteriza por mantenter a los hombres en una condición deshumanizante
Paulo Freire
Posteado por: ere101 | mayo 2, 2017

Grande, muy grande

Este video de Nuno Dias muestra unas imágenes de una belleza sin igual. Grabado en Nazaré, población de Portugal. Si esto no nos inspira humildad…. Grande 

Posteado por: ere101 | abril 16, 2017

Pavos

He pasado la tarde en el parque de El Retiro. Hace poco me quedé con las ganas de fotografiar a los pavos reales, y hoy me he pasado por los jardines de Cecilio Rodríguez para verlos en todo su esplendor…

 

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